A pesar de que ven a Costa Rica como un sitio que dio paz a sus vidas, los niños y adolescentes colombianos que habitan en el país bajo el estatus de refugiado señalan que son víctimas de insultos debido a su nacionalidad.
Por ejemplo, cuando conversan y usan dichos o palabras típicas de su tierra, algunos compañeros e incluso adultos los corrigen con desprecio o se burlan.
También se quejan del tono de maltrato cuando los llaman colombianos, y de las frases que los vinculan con el tráfico de drogas, el sicariato o la guerrilla de la FARC, lo que los llena de tristeza e intranquilidad.
Así lo reveló un estudio sobre la integración de menores de edad refugiados de Colombia al país. El trabajo fue realizado por la Asociación de Consultores y Asesores Internacionales, con el apoyo del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y el Instituto de Investigaciones Psicológicas de la Universidad de Costa Rica.
Para Alexánder Jiménez, investigador de la universidad que participó en el estudio, la xenofobia se manifiesta a través de prejuicios o prácticas discriminatorios hacia una población extranjera.
“En el caso de los refugiados colombianos, nos hemos encontrado con prejuicios y desprecios que ellos no se esperaban vivir en Costa Rica”, dijo Jiménez.
En el país, 7.935 personas vivían bajo el estatus de refugiado al mes de marzo del 2008. No obstante, el reporte de Acnur elevó esta cifra a 11.610 personas para el año 2007, ya que toma en cuenta a todo individuo que ingresó al país como refugiado, sin importar si su situación cambió con el tiempo.
Un 84% de los refugiados en el país son de origen colombiano, provenientes de Bogotá, Cali y Medellín. Los menores de edad constituyen una cuarta parte de esta población.
El estudio recoge la experiencia de un número reducido de personas, pero da una idea de la situación que enfrentan en el país.
Mayor tolerancia. Para conocer la situación de los menores refugiados, se formó un grupo de 410 personas, que incluyó a niños de nueve a 12 años, adolescentes de 13 a 17 años y un progenitor por participante. Ellos respondieron a cuestionarios y participaron en discusiones.
Estos menores de edad tienen, en promedio, cinco años de vivir en Costa Rica y, en su mayoría, califican la experiencia como buena.
Pero cuando se les pregunta dónde quieren vivir en el futuro, tres de cada cinco dicen que fuera de Colombia y Costa Rica.
La queja común entre todos los chicos es que extrañan sus barrios, donde gente se conoce e interactúa más entre sí.
Sus padres son quienes reclaman que su identidad y cultura se irrespeta y denuncian que afecta a la mitad de los menores. Cuatro de cada 10 progenitores afirman que sus hijos fueron víctimas de violencia en barrios y escuelas, principalmente de manera verbal, cifra que coincide con la respuesta de los menores.
Una de las niñas –cuyo nombre no se menciona por seguridad– contó a La Nación que al ingresar a los Boy Scouts le solicitaron un certificado de delincuencia de su papá. Tiempo después se le impidió ir de excusión por no “estar preparada”, lo cual la hizo retirarse del grupo.
Según explicó Jiménez, el tico vive con miedo a las diferencias y al cambio cultural, pero hay que aprender que la migración es una oportunidad para aprender y enriquecer la propia cultura
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